
LA RESILENCIA
La resilencia es la capacidad que tiene una persona para poder seguir proyectándose en el futuro a pesar de las adversidades. Dicho de otro modo más sencillo: la facultad de conseguir los objetivos que uno se propone a pesar de las dificultades. Si a los adultos ya nos cuesta poderlo conseguir, ¿cómo no les va a costar a nuestros jóvenes de hoy en día?
Esta es una preocupación que tienen tanto los padres como educadores: ¿cómo conseguir hacer fuertes a los hijos?
No debemos esperar a que se presenten fatalidades para educar en ello. Hay que saber verlas venir y sobre todo irles formando en esta aptitud continuamente, aprovechando las muchas menudencias -aparentemente sin importancia- que se presentan cada día. Si en lo más pequeño les enseñamos a ser fuertes, cuando vengan los reveses sabrán cómo actuar.
Ser fuerte ante lo destructivo
Muchas veces no habrá que esperar a que ellos tomen la iniciativa, sino adelantarse. Tampoco hay que llegar hasta tener la sospecha de que algo pueda estar pasando. Si los padres no resuelven las cuestiones y preocupaciones de sus hijos, acabarán buscando las respuestas por otros cauces que probablemente no serán los que ofrezcan mayores garantías. Ante los problemas, buscar soluciones
Ante los problemas, buscar soluciones
Una característica de la resiliencia es la de ser fuerte ante aquello que destruye. Es decir, llevar una vida sana ante un ambiente poco favorable. Educar entre algodones pocas veces acaba siendo provechoso. Por otra parte la permisividad acaba siendo tan perjudicial o incluso peor.
Este es un dilema que se plantean muchos padres: ¿Cuál debe ser el término medio? La mayoría de las veces, los adultos estamos muy por detrás de los jóvenes, y vamos con el lirio en la mano. "No, mi hijo nunca ha probado un porro", "Lo del sexo ni le preocupa, aún ha de madurar", "Ni se le ocurre copiar en un examen, siempre lo estudia todo", etc. No nos engañemos, cuando nosotros vamos, ellos muchas veces ya están de vuelta.
Para conocer no es necesario experimentar. Sin embargo, sí hay que informar y orientar convenientemente. Asentar unas buenas bases y encauzar de modo conveniente los pasos de los hijos debe ser la prioridad de todo padre. No hay que huir de sus preguntas, debemos contestar siempre del modo adecuado a la edad y madurez.
No hay nada peor para un adolescente que encontrarse con unos padres que pretenden darle dosis de "moralina" para intentar formarle. Debemos aprender a comunicarnos con nuestros hijos. Si antes no existe un clima de confianza, si no mostramos preocupación por sus cosas, si no nos interesamos por aquello que les gusta y les interesa a ellos, difícilmente nos escucharán cuando queramos ayudarles. Y aún así, no siempre resulta fácil, ya que una de las características del adolescente es la búsqueda de su propia identidad a través de la guarda de su intimidad.
Por ello hay que ganarse la confianza. Ir a verles jugar si forman parte de un equipo de deporte, valorar sus trabajos, reírse de sus chistes, mostrar preocupación ante aquello que les inquieta, participar de alguna de sus aficiones, etc. nos ayudarán a crear una sintonía que es necesaria para que luego nos escuchen cuando sea preciso.
Por lo general, los jóvenes buscan la vía más fácil y cómoda para resolver sus problemas. Muchas veces la opción que adoptan es la de cerrarse y desentenderse. Si suspenden, el profesor es injusto; si son impuntuales, no se puede llegar antes; si la ropa está desordenada, no ha habido tiempo para dejarla bien. Para evitar discusiones los adultos acabamos resolviéndoles los asuntos.
Hay que enseñarles a solucionar las dificultades que se van encontrando. No debemos dar por hecho que no quieren hacer las cosas. Muchas veces lo que ocurre es que no saben cómo hacerlas. Es importante que les afrontemos ante el problema, buscar vías de resolución y animarles a que las saquen adelante. A partir de entonces, seguir insistiendo en ello y ver cómo están logrando los objetivos propuestos.
La inestabilidad es frecuente en los adolescentes. Cuando parece que un objetivo ya está conseguido, en el momento más inesperado vuelve a aparecer de nuevo. Cuando se logran unas metas, aparecen nuevas dificultades. Éste es el arte de la educación. No hay que desesperarse ni caer en el desánimo. Debemos armarnos de paciencia y seguir exhortando en aquello que nos hemos propuesto. No hay que tirar la toalla. Aunque quieren ir solos, nos necesitan como nunca.
¿Qué podemos hacer en el día a día para fortalecer la resilencia en nuestros hijos adolescentes?
Piénsalo. Tu hijo ya no es aquel bebé indefenso y vulnerable. Ahora es un adolescente capaz, lleno de grandes y pequeños talentos que necesitan proyectarse en el exterior para crecer y conseguir las metas propuestas.